Viernes, 11 Mayo 2018 00:00

Escasez de insumos para hemodiálisis pone en vilo la vida de unos 300 pacientes renales

 
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Las unidades de diálisis carecen de insumos básicos para tratar a los pacientes, quienes temen por su vida Las unidades de diálisis carecen de insumos básicos para tratar a los pacientes, quienes temen por su vida FOTOS DANIELA TABATA BOTTINI

“De aquí tendremos que ir a la funeraria a anotarnos”, dice uno de los pacientes que se encuentra en la sala de espera de la unidad de diálisis Uninef Vida y Salud al resto de quienes, al igual que él, esperan por alguna respuesta sobre su tratamiento; ese que no pudieron recibir, pues no hay forma de trasladar el material desde Puerto Cabello hasta Bolívar. Esto asegura el personal del centro de salud ubicado en el sector Castillito de Puerto Ordaz.

El comentario, a modo de chiste, guarda un trasfondo mayor: realmente no saben si todos estarán presentes el lunes. La imposibilidad de dializarse este viernes implica que no podrán consumir líquidos durante el fin de semana y se enfrentan al riesgo de enfermedades e infecciones fulminantes por las toxinas atrapadas en la sangre.

“Esto afecta aproximadamente a 300 compañeros que vienen a hacerse el tratamiento aquí. Nos hacemos tres sesiones a la semana y saltarnos una puede costarnos la vida”, explicó César Suárez, paciente de la unidad de hemodiálisis, quien se hizo su última terapia el pasado lunes.

Afirma conocer al menos 30 casos de personas fallecidas por diversas fallas en el centro desde que comenzó a asistir hace dos años; situaciones que incluyen la escasez de insumos. “Y esos son solo de los que comparten turno conmigo, sin saber los otros”.

Complicaciones físicas

Dentro de los efectos causados por la falta de diálisis renal se incluyen bajas y subidas de tensión, sensación de ahogo y descompensación. Richard Millán, otro de los aquejados por la situación, explicó que las repercusiones generan un cuadro de dolencias inaguantables para las que tampoco hay medicinas.

La nefróloga Nidia Pernalette acota que, aunque la diálisis no es el tratamiento ideal, es el único que existe para suplir limitadamente las funciones de los riñones. “El riñón es un órgano que trabaja todos los días, a toda hora. La diálisis cubre un total de 12 horas semanales, por lo que interrumpir el tratamiento implica reducir ese lapso de funcionamiento”, explicó.

La especialista añadió que las complicaciones por falta de tratamiento pueden aparecer de forma rápida como tardía, y son provocadas por la acumulación de sustancias como la úrea, creatinina, potasio y líquido. La insuficiencia cardíaca, arritmia, náuseas, vómitos, pérdida del apetito y alteracionces óseas son algunas de las afecciones que pueden ser generadas por el malfuncionamiento renal.

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Igualmente, las restricciones dietéticas e hídricas a las que se deben someter los pacientes al no recibir esta terapia pueden ocasionar malnutrición en una situación país ya mermada por la crisis general.

“Hace dos años que el seguro social (IVSS) no envía gente para hacer las pruebas de calcio. No nos dan las pastillas de proteína, hierro, anticoagulantes, fósforo (…). Antes incluso nos daban kits de tratamiento que incluían tapabocas, gasas… Todo lo que necesitábamos. Ya no hay nada de eso”, lamenta. 

En quiebra por sobrevivir

Aunado a las carencias de medicamentos e insumos, cuando los pacientes y sus familiares logran conseguirlos de forma particular, el costo muchas veces impide su adquisición.

Una caja de adhesivo Hypafix, utilizado para fijar los catéteres, alcanza los 30 millones de bolívares. A falta de la cinta recomendada, han recurrido al uso de otros adhesivos que, por su diseño, son más agresivos y generan lesiones en la piel cuando se remueven.

Para quienes prefieren buscar una solución más permanente que el catéter, el cual debe ser reemplazado aproximadamente cada tres meses, una intervención quirúrgica para una fístula arteriovenosa ronda los 150 millones de bolívares, un monto inalcanzable para la mayor parte de la población.

La cuenta de los pacientes renales se extiende al agregar los costos de dietas especiales, tratamientos contra la hipertensión y diabetes, y el transporte de ida y vuelta al centro. Varios incluso recurren a las perreras, la opción más económica, para regresar a sus casas, sumando riesgo a su delicado estado de salud.

“Una señora que vivía en La Ceiba murió porque pasó una semana sin venir. No tenía cómo”, recuerdan los presentes. La calma es relativa, pero la tensión no. La inacción del gobierno para trasladar el tratamiento a la brevedad posible puede seguir sumando nombres a la lista de víctimas de la crisis hospitalaria. 

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